La palabra personaje, utilizada como epíteto para descalificar a alguien, tiene un amplio rango de significados en nuestra hermosa lengua. En un extremo de ese espectro de significados insultantes puede querer decir que alguien es simplemente escéntrico, como lo son algunos protagonistas de obras de ficción. En el otro extremo puede querer decir algo así como "Oh, Dios mío, no me puedo creer que alguien tan hijo de puta exista en la vida real". En ambos casos diríamos "menudo personaje".
Hay personas que habitan en nuestro mundo, en la vida real, y que, en efecto, son personajes en la segunda acepción del término. Solemos pensar que son seres absolutamente negativos y que no podremos sacar nunca nada positivo de nuestra forzosa relación con ellos. Más bien todo lo contrario: nos joderán la vida en cuanto tengan la más mínima posibilidad para poder hacerlo.
Excepto en esto último, nos equivocamos en todo.
Tengo un amigo que tiene un superior que es todo un personaje en la segunda acepción del término. Mi amigo estaba bastante amargado hasta que el otro día llegó a una brillante conclusión:
"Si alguna vez decido escribir una novela, él será un personaje en ella. No tendrá, por supuesto, un papel protagónico, ni siquera como antagonista, porque, por su caracter extremadamente abyecto, sería imposible situarle en el centro de la narración sin que al eventual lector le entrasen náuseas, (Ignatius Reilly a su lado sería Mikael Blonkvist), pero si que haría un excelente papel de secundario innecesariamente cruel que introduciría una gran tensión dramática en la narración. Obviamente, como la mayoría de elementos que generan suspense en las novelas, se terminaría quedando en nada. La crítica alabaría mi inventiva y el gran cuidado puesto a la hora de definir un carácter tan asqueroso y retorcido para un personaje meramente colateral y que termina desapareciendo sin pena ni gloria y para siempre al pasar unas cuantas páginas".




